Reseña del nuevo disco de Tim Easton, fIREHORSE

A estas alturas de su carrera, Tim Easton ya no tiene nada que demostrar. Pero el cantautor de Ohio parece seguir escribiendo canciones como si aún estuviera tocando en la esquina de alguna ciudad europea (en su última visita nos comentó que Barcelona era de sus ciudades favoritas) con la funda de la guitarra abierta a sus pies. Esa ética de trovador, de oficio más que de industria, vuelve a marcar el pulso de fIREHORSE, su decimocuarto álbum de estudio, grabado en Nashville bajo la producción de Kevin Nolan y recién publicado.

El disco nace, curiosamente, bajo la influencia visual de un cuadro pintado por su hermana Susan Easton Burns, un caballo rojo que terminó convirtiéndose en portada y en símbolo conceptual del proyecto (por cierto, no me gustan las portadas sin el nmbre del autor y el título del disco, dicho queda). Easton ha explicado, a partir de ahí, que el álbum se concibió como una obra con un hilo conductor claro, la perseverancia.

Musicalmente, fIREHORSE se mueve dentro de ese territorio que Easton ha ido colonizando durante décadas. Ya saben, folk de raíces, country-blues polvoriento y un toque de rock clásico que evita cualquier gesto grandilocuente. El arranque con «River» marca el tono con ese blues oscuro y arrastrado que avanza con una cadencia casi pantanosa. No es un comienzo explosivo, pero sí eficaz para situar al oyente en ese universo de carreteras, dudas y memoria que atraviesa el disco. En contraste, «Heaven & Hell» se desliza hacia un terreno más cálido, con una melodía amable que suaviza la voz ligeramente rasposa de Easton, mientras «Son of a Tyrant» introduce un aire psicodélico que mezcla folk y country con una atmósfera casi lisérgica. Aunque quizá uno de los momentos más llamativos del disco llega con «Hallelujah», donde el autor conecta recuerdos personales con acontecimientos históricos como la caída del dictador rumano Nicolae Ceaușescu, en una canción que alterna espiritualidad y política con naturalidad, sin caer en el panfleto. El álbum se cierra con «HWY 62 Love Song», una mirada nostálgica al desierto californiano de Joshua Tree, lugar donde Easton pasó años viviendo y escribiendo. Canciones bien construidas, historias vividas y una producción que amplía la paleta sonora de Easton sin traicionar su esencia son más que suficientes para mantener vivo el fuego en tiempos de artificios innecesarios.

Publicada en http://www.ruta66.es

Deja un comentario